Monday, November 28, 2005

Hechicera y desgarro

“El amor es más frío que la muerte”
Rainer Werner Fassbinder


Dijimos muerte
y el silencio fue un niño ciego sorprendido en sus sueños infantiles
por una orfandad cercada de pesadillas
cayendo una por una desde nubes de polvo sobre la única realidad
holográfica y opaca
como el reflejo trizado de trovadores
que lanzan hipérboles a doncellas que son sólo sal sobre la herida.
Dijimos muerte
una vez y lo suficientemente profundo
para no quedarnos aletargados como vegetales de invernadero
sin sentir la electricidad pulverizante que se siente
cada vez que alguien como nosotros entra a esa pieza aséptica
llamada olvido.
Para anular la incertidumbre siempre persistente
de pensar si la herida fue herida
o si las lágrimas derramadas fueron lágrimas.
Para convencernos finalmente que hubo vida alguna vez
y no sólo la hediondez de la vejez decrépita que nos rodea.
Sólo así nos vamos a nuestro abismo particular
mirándonos a lo lejos de reojo
por una ventanilla puesta en la esquina de nuestra postal del purgatorio.
Siempre rodeados de ruidos de derrumbes
encubiertos de risas y música de festejo de condenados al patíbulo
que se salvaron, pero que una voz en off que no oyen
les dice algo acerca de un desierto.
Como a nosotros las palabras
que penden como letreros de neón sobre nuestras cabezas
encandilándonos para que nos quedemos fríos y quietos como maniquíes
mientras pasa la noche siempre inabarcable
que recorremos en vano en trenes sin estaciones por las orillas
del mar de una ciudad más parecida a la ceniza
para llegar a ningún sitio, para cerrar los ojos indeterminadamente
y así evitar el parpadeo que nos provoca la miseria.
Y sobretodo para no gritar y profanar la mudez de la angustia
que nos tuerce como un cigarrillo húmedo
en la boca partida del otoño que pide que pase todo rápido
que todo se acabe de una vez, que se haga cargo la muerte
de la anarquía arisca y suicida de esos sueños como vírgenes
preñadas de renacimientos.

Agonía
Agonía envuelta en orgasmo lésbico
una mujer hecha de espuma
luminosa
en la grisácea oscuridad de la noche
en la espesura
de hojas de árboles marítimos
allí te viene a buscar
bello placer mortuorio
tu muerte en claroscuro
en carne profana e inverosímil
para tocarte,
con los mismos dedos suaves
con los que el suicida se desgarra
en la lujuria de su muerte,
para besarte,
con los labios tibios de veneno
mientras asfixia tu garganta con su lengua inmortal
hasta estremecerte
sintiendo el sudor oceánico
de su pelo, de su rostro,
de sus pezones, de su cuerpo entero
contra ti
hasta esa agonía envuelta en orgasmo lésbico
a la orilla del mar
en una cama de rocas marítimas
como un lecho fúnebre y nupcial.




Sunday, November 27, 2005



Alejandro Lattapier según Alejandro Lattapier.



Nací hace 22 años, en el mes de febrero, un día 7, número que según la tradición cabalística es el número de la creación. Dios creó el mundo en 7 días y lo creó mediante la palabra. Como lo dice el Génesis: “En un principio fue el verbo”. Por este hecho creó haber nacido predestinado para el arte y especialmente para la creación literaria. Además, puedo acotar también el echo de haber nacido bajo el signo astrológico de acuario – signo etéreo y místico -, cuya casa es la número 11; número correspondiente a la Sephira Daath (que según los ocultistas corresponde dentro del árbol de la vida en la cábala judía a la esfera del conocimiento oculto que se encuentra sobre el abismo). De allí mi inclinación a considerar el arte como camino de conocimiento y como una búsqueda espiritual. Una búsqueda del absoluto, como lo concebían los románticos alemanes de finales del siglo XVIII y posteriormente lo poetas simbolistas; búsqueda de por sí irresoluta, como lo dijo Novalis en sus Fragmentos: “Por todos lados buscamos el absoluto y sólo encontramos cosas.” Cosas o fragmentos sueltos que, sin embargo, en su transitoriedad son pequeñas manifestaciones de ese absoluto – visto de desde un punto de vista panteísta – que el arte captura y manifiesta en su lenguaje. Buscando librarlos de su estado perecedero y darles su eternidad perdida. Para dar un testimonio de ellos, que no sólo son cosas, son personas, son sentimientos, son situaciones que muestran su belleza y desgarro por un instante y el arte está allí para preservarlos de la fugacidad del tiempo que los devora. Con esto se me viene a la memoria unas líneas de Coleridge que grafican lo que digo: “Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño y el dieran una flor como prueba de que ha estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en la mano... ¿entonces qué?” Esa flor efectivamente aparece en la mano como evidencia de ese paraíso perdido y es la obra de arte, ya sea un poema, una prosa o cualquier manifestación artística. Testimonio que inmortaliza lo perdido y fugaz.
Quizás pueda dar la impresión de que me estoy desviando del tema principal de estas líneas, el cual es hacer un esbozo lírico de mi persona. Pero no, creo que al hablar de mis percepciones respecto al arte y de mi arte, es hablar de mí ser más profundo, ya que arte creo que es una manifestación de la esencia más pura del ser humano. Por consiguiente, hablar como artista es hablar de mi verdadero yo. Ese yo que inconscientemente viene a ser un reflejo del contexto histórico en el cual se ve inmerso. Con esto quiero decir que el arte, independiente de la forma en que sea expresado, muestra y viene a ser un espejo del mundo o la sociedad que lo rodea. En ese respecto, creo que mi arte y la forma de belleza que expreso en él, es la relación individual y subjetiva que tengo con él mundo y a la vez el testimonio del mundo o más bien, la sociedad donde vivo. Por ende, mi arte viene a ser una muestra y a la vez una reacción frente un mundo enorgullecido de su positivismo, del progreso material extremo que ha llegado a cosificar al hombre, a enajenarlo hasta perder su humanidad y dignidad. Con políticas totalizadoras que pretenden convertir a los hombres en una masa uniforme de seres sin individualidad y por consiguiente vacíos y enajenados. Con promesas que muestran una falsa felicidad, holográfica y plástica basada en el materialismo. Por lo tanto ,con mi arte trato de mostrar esta deshumanización, a través de poemas y prosas que muestran situaciones de soledad, muerte, angustia, amor desgarrado, cuestionamientos metafísicos, que a la vez viene a ser un reflejo de la miseria y un remezón que busca despabilar de aletargamiento que produce la enajenación y la ilusión del bienestar material. Es como lo decía Baudelaire: Exaltar el mal para resaltar - a través del contraste - el bien y la belleza dormida. Con esto, retomo la idea del comienzo de este escrito recalcando la afinidad que siento por el arte romántico. Ya que busco al igual que ellos, un tipo de belleza que no es el común estereotipo de belleza que impone la sociedad. Sino una Belleza que se encuentra incluso en lo considerado feo o perverso, en la noche, en la muerte, en imágenes y atmósferas melancólicas como las que pueblan los escritos de Edwuard Young o Poe. Elementos que en sí, no tienen porqué ser negativos, ya que se busca con ellos trascender los moldes tradicionales, prediseñados y racionales para llegar a una nueva perspectiva de la realidad, a un ir mas allá: “Caer en el infierno, en el cielo ¿Qué importa?/ caer en el fondo del abismo para encontrar lo nuevo.”
Con esto puedo concluir mi autorretrato lírico, que como lo mencioné anteriormente habla mucho más de mi al referirse a mis concepciones artísticas y de mi forma de arte, que al haberlo hecho relatando situaciones y aspectos de mi persona más triviales y superficiales. Habla de mi mundo interior. Por lo tanto, puedo decir que este soy yo...

ECCE HOMO
Adagio

Al fin te escabulles
vaporosa por entre los despojos
de este Orfeo reventado.
Al fin
te lleva el cortejo a bañarte en la niebla desconocida
después del silencio. Mientras la noche permanece
estática en su trono de luces opacas.
Mirándote triste cayendo somnolienta
en el vértigo del último invierno donde sobrevive
el recuerdo. En ese sueño sin pretérito que te aleja
a las raíces de la belleza.

Hechicera di: ¿Continúan tus ojos abiertos
buscando la fecundidad de la noche?,
¿continuas altiva, orgullosa
sin un atisbo de miedo caminando descalza
en la oscuridad de tus propios delirios?.
Quizás sabes que continúo llamándote
encerrado en el espejo de tu conjuro. A ratos interrumpido
por un silencio repentino. Por un capricho nocturno
como el que te eligió para vivir en su pecho.

Dulce sea el réquiem que interpreten los gusanos
al devorar tu carne pagana
niña del pecado. Mientras te esparces como un eco
por los bosques. Lejos.
Por los mares. Hasta ser el enigma que se acerca en la madrugada
y me quema los labios con tu nombre. Diciendo
que la infancia ha vuelto. Que se la puede ver sin luto
jugando en tu rostro de nuevo. Sin tristezas.
Como si debajo de la sombra de los crucifijos
que se alzan como falos
anunciando la perversa lujuria de la muerte,
quedara alguna promesa en forma de larva
esperando su crecimiento. El desarrollo
de sus alas en la viscosidad de la tierra que la cubre.